Instituto Misionero

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Testimonio - Jardim Colombo PDF Imprimir

 

 

¡Uau!- yo pensé - ¡que casas tan bonitas!- pasábamos por uno de los barrios más ricos de Sao Paulo, el Morumbi, el lugar donde todos los paulistas soñan en vivir. Entonces el profesor Chanan, nuestro amigo y chofer bajó por una calle, y el paisaje cambió bruscamente. Ya no veíamos mansiones o lindos edificios, pero casas tan pobres que eran hechas mitad de ladrillos, mitad de madera; estábamos en Jardim Colombo, una villa miséria ubicada en el centro del Morumbi.

La gente nos miraba desconfiada, como que preguntándose: - ¿que quieren ustedes?- y entonces nosotros supimos que todos los planes que teníamos para esta semana tendrían que cambiar. Cuando salimos de la UAP estábamos todos preparados para una semana de reavivamiento espiritual de una iglesia, trabajar con esa iglesia en una comunidad, donde ya conocían a los adventistas. Pero en Jardim Colombo el trabajo tendría que ser distinto. Dios había cambiado nuestros planes y llegamos a un lugar sin iglesia, con la presencia de solamente una familia adventista en medio a otros 20 mil habitantes.

El barrio era peligroso. Drogas, alcohol, pobreza, lenguaje sucio estaban por toda parte.

“Muchachos, ¡seguimos adelante!” dijo nuestro líder. Entonces el trabajo empezó: Repartir invitaciones, ofrecer atención médica, saludar, orar con las familias… todo eso solo fue posible porque teníamos a nuestro lado Ivanildo. La vida ha maltratado tanto a esa gente, que aprendieran a no confiar en nadie. Nosotros representábamos algo nuevo y dudoso.

El primer culto fue algo impactante. No solo para la gente pero para nosotros también. Imagínense predicar en una calle en que se podía contar 4 bares en una manzana, todos con música fuerte prendida. Es difícil predicar cuando no se puede escuchar siquiera sus propios pensamientos. En ese culto estuvieran presentes 7 adultos, contando a la familia adventista, y 13 niños.

Dormir fue un desafío. Música muy fuerte, gritos y miedo eran nuestros compañeros constantes por la noche, pero seguíamos porque sabíamos que allí estaban almas que necesitaban oír de Jesús y su amor, las verdades de la Biblia y la segunda venida de Cristo. Ellos necesitaban saber que hay esperanza de un lugar mejor.

Todas las noches nos juntábamos a orar, a hablar de progresos y pensar nuevas estrategias de trabajo. A la mitad de la semana la gente ya nos conocía. Nos esperaban en sus casas, ansiosos por hablar de sus problemas, o hacer una oración. Caminar por las calles se hizo difícil. Nos saludaban; los niños nos abrazaban, nos pedían libros y revistas. Ya no éramos extranjeros, sino amigos con nombres, que eran buscados cuando necesitaban ayuda. El miércoles, el espacio que teníamos se hizo pequeño, con más de cincuenta personas presentes. En ese mismo día se inscribieran 8 personas para cursos bíblicos, y la decisión de formar un club de conquistadores fue tomada, con más de 40 niños dispuestos a aprender de Jesús, orar y cantar.

Visitar a esas personas en sus casas fue maravilloso. Muchas veces estábamos dispuestos a llevar ánimo, pero éramos nosotros que recibíamos, como en los casos de personas como Rose, que está enferma de cáncer, con muchas metástasis en el cuerpo y pocas esperanzas de vida, pero su fe sencilla y fuerte no permite que desanime o se entristezca. – No puedo estar triste – dice ella- ¡la vida continua!

Como Antonio y su familia, que tienen un pequeño quiosco, que mantiene su familia de 7 personas. Entrábamos a su negocio para saludarlo, ¡y no podíamos salir de manos vacías! Nunca nos permitió pagar por las cosas. Nos sentíamos avergonzados por recibir regalos de alguien tan pobre, de tan buen corazón, que hasta parecía que no merecíamos.

Como Ivanildo, nuestro guía y presidente de la junta de los habitantes del barrio. Un hombre sencillo, simpático, con mucho amor por Jesús y por toda la gente de Jardim Colombo. – Mi sueño era tener una iglesia adventista en ese barrio- nos dice- y hace más de 20 años que oramos mi familia y yo, por una obra como la de ustedes en ese lugar. Ese hombre que conoce cada persona del lugar, amado por la gente, saludado en cada esquina, nos impresionó al llevarnos a su casa. Era una de las más sencillas de la calle.

¿Que hizo la diferencia? ¿Porque ese cambio de actitudes? Aquellos que no nos esperaban ahora nos amaban, y no querían que nos fuéramos. Que pasaría si hubiéramos usado sapatillas importadas, ido y venido en un auto lindo, ¿o dormido en otro barrio por miedo al peligro? Cuando Jesús vino a este mundo nos enseñó el secreto del éxito en el evangelismo: vivir con la gente, mezclarse con ellos, sentir su sufrimiento, experimentar su día-día y atender sus necesidades.

Él nos ha dejado una misión: “Id a todas las naciones, haced discípulos…” (Mateo 28:19). La forma de hacerla es como Él mismo la hizo: “Y Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y dolencia de la gente.” (Mateo 4:23) Nosotros vemos los guardapolvos blancos cuando estamos dentro de nuestros hogares, pero cuando salimos para hacer la obra de Dios nuestros guardapolvos brillan por el reflejo de la luz de Cristo en nuestros corazones.

No importa donde sea el lugar que nos toque estar, pues “todos los lugares” significa ir también a aquella villa miseria, a un barrio rico o al otro lado de la calle. No hay qué temer, pues Él ha dicho: “Y Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”

 

 

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“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.” Mateo 9:35